
La pasta frola es una de esas recetas que me transportan automáticamente a la infancia. No sé si es que mi madre la hacía a menudo, o que se comía en fiestas y reuniones y eso la convertía en un plato especial, pero lo cierto es que me sigue encantando hoy como entonces. El otro día me atreví, por fin, a hacerla yo misma, y la verdad es que quedó deliciosa. Para hacerla, usé la receta del Crandon, el libro de cocina más famoso de Uruguay.
2 tazas de harina, 1/2 taza de azúcar, 2 cucharaditas de polvo de hornear, 1/2 cucharadita de sal, 1/2 taza de mantequilla, 2 huevos, 1 cucharadita de ralladura de limón, 1/2 cucharadita de esencia de vainilla, 600 gramos de dulce de membrillo.
Mezclar la harina con el azúcar, la sal y el polvo de hornear. Añadir la mantequilla y trabajar hasta que la mezcla quede como pan rallado o serrín (vaya dos imágenes más parecidas :-)). Añadir entonces los huevos, la esencia de vainilla y la ralladura de limón y trabajar hasta que quede una masa elástica que se despegue de las manos.
Extender una base de masa sobre un molde previamente engrasado y enharinado, o cubierto con papel parafinado. La masa se rompe con facilidad, pero se arregla igual de fácilmente.
Batir el dulce de membrillo con un poco de agua hasta que pierda su consistencia y quede más fino. Rellenar la masa con este dulce y utilizar el resto de masa para hacer un enrejado encima del relleno.
Hornear a 190 grados durante media hora o cuarenta minutos, o hasta que la tarta esté dorada y el dulce de membrillo burbujeante. Dejar enfriar y servir.
Es importante que el dulce de membrillo sea de buena calidad, a ser posible artesanal, porque es el sabor dominante del pastel. También es muy importante que se enfríe bien, o se os desmontará todo al servirlo. Hay gente que lo empolva con coco rallado por el borde. También se le puede extender una finísima capa de miel o de mermelada antes de sacarlo del horno, para que quede dorado y brillante.

